¡Qué bárbaro!: De Parácuaro, a Ciudad Juárez; y de ahí… al mundo.

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Alberto Aguilera Valadez; michoacano por sus raíces (madre de Parácuaro y padre de Jacona), pero ciudadano del mundo… por sus canciones. Pese a que fue adoptado por una ciudad en el confín de México (Ciudad Juárez, Chihuahua), él se dedicó a romper algunas fronteras: como unir su personal estilo con el del tradicional mariachi, atreverse a cantar una emblemática canción –popularizada cuando él apenas tenía diez años- de la efímera y prolífica banda “Creedence Clearwater Revival”, servir de medicina resucitadora de cantantes… hasta llegar a ser el compositor más buscado por los “consagrados”.

Pero, ¿qué decir de Juan Gabriel, que no se haya publicado?, ¡pues muy poco!; espero no resultar reiterativo. La música de Aguilera no cabe en este texto (quizás, tampoco, sus letras), mas haré alguna reflexión motivada por su muerte (la de él, porque su música vive… ¡vivirá!).

La música de Aguilera no cabe en este texto (quizás, tampoco, sus letras)

La cultura es, fundamentalmente, el conjunto de expresiones (arte, tradiciones, prácticas, hábitos…) de un pueblo; en este sentido, el empleo de la lengua resulta una de las manifestaciones más recurrentes de quienes comparten un patrimonio cultural. Es aquí en donde la Literatura (con mayúscula) se convierte en el “arte de la expresión verbal”.

Entonces, ¿las letras de la discografía “juangabrielera” son artísticas? La respuesta resulta difícil… pero algo es cierto: ¡son parte de nuestra cultura! La trascendencia de esas canciones es innegable; podríamos decir que no hay en México algún “paisano” que no conozca al menos una canción de “Juanga”.

Y no es la muerte de Alberto lo que nos orilla a la discusión; el debate fue puesto en la mesa –hace tiempo- por intelectuales del tamaño de Monsiváis y Poniatowska… el punto de coincidencia es el manejo de un estilo lingüístico personalísimo; de la creación (y recreación) de un mensaje popular. Para muchos podría tratase de un “sentimentalismo barato”, pero la mayoría lo “siente” como el reflejo de las vivencias cotidianas.

De no ser así, ¿cómo entender que alguien pueda “malgastar el tiempo sin mi cariño”? (vanidad), “¿qué me gano con llorar, si a ti no te importa?” (resignación), “fue un placer conocerte” (vanagloria), “me voy a vagar por el mundo, a ver si puedo arrancarte” (esperanza), “no te guardo rencor” (perdón), “eso me enseñó mamá” (reconocimiento), “obligo a que te olvide el pensamiento” (tenacidad)…

Y no es la muerte de Alberto lo que nos orilla a la discusión; el debate fue puesto en la mesa –hace tiempo- por intelectuales del tamaño de Monsiváis y Poniatowska

La lista de los valores expresados por Alberto Aguilera va acompasada con la vida de quienes cantan estas canciones; de alguna forma, les (nos) ayudan a expresar lo que sienten (sentimos) y lo que han (hemos) vivido. Y entonces llegamos al punto: la discusión de si el legado de Juan Gabriel es una herencia artística… ¡eso es lo de menos!; el empleo lingüístico de sus letras representa el sentimiento de un pueblo. Resulta irrefutable que cantar sus melodías nos ayuda a expresar lo que, sin estas canciones, quedaría atrapado en nuestras gargantas.

Cultura popular, ¡sí! Por lo tanto, es una manifestación artística que no podemos soslayar; no pretendamos afirmar que la contribución del michoacano puede redefinir el rumbo de las letras españolas; Juan Gabriel será recordado como el vocero del sentir de los mexicanos… escribía como “hablamos”; y eso, mucho ojo, tiene un valor propio.

Cuando un artista ayuda a recrear el sentimiento del grupo al que pertenece, se convierte en una especie de heraldo de estos afectos; tradicionalmente, esa es la función de quienes nacen con el don (habilidad o capacidad, pues) de resumir en letras lo que los demás no logran. Es el artista (y lo digo en toda la extensión de la palabra) quien asume la responsabilidad de dirigir –con sus dotes- a quienes deciden admirarlo.

El éxito de “Juanga” podría estar basado en lo que realmente representan sus canciones

Durante cinco décadas, México (y una gran parte del mundo) ha cantado los frutos de la inspiración del paracuareño (o paracuarita… o paracuarense…); una de las virtudes del artista es, sin duda, el haber encontrado similitudes en las vivencias propias (dolor y alegría) con las del común de la gente. El éxito de “Juanga” podría estar basado en lo que realmente representan sus canciones; para nadie es un secreto la vida de aquel niño: sufrir (más que entender) los desórdenes mentales de su padre y errar –de la mano de su madre- de Michoacán a Chihuahua, morar en dos encierros (el orfanato y la cárcel), “picar piedra” en la megalópolis…

En estas vivencias halló la materia prima para componer sus letras; sin más ingredientes que su instinto creador, soltó la pluma para expresar su estado afectivo. Así encontró la empatía con un pueblo que pudo, con estas melodías, expresar sus “sentires”: ¡expresarse! El legado de Alberto Aguilera no ennoblecerá las letras mexicanas (según los más intransigentes), pero nadie podrá negar que se ha convertido en el portavoz de una parte de la “cultura nacional”; pido un aplauso… mil gracias por tanto…

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