¡Qué bárbaro!: Matrimonio y patrimonio

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Y que nos llega el mañana… ¿quién hubiera pensado –hace tiempo- que en el vigésimo primer siglo estaríamos hablando de matrimonios entre personas de sexos iguales? Si quieren llamarlos “matrimonios gay”, “matrimonios igualitarios”, “matrimonio homosexual”… la nominación tendría que ser discutida.

Como parte de esa mexicana costumbre de ironizar (el verbo no me gusta, pero…), ya ha corrido la novedosa definición: “Patrimonio, conjunto de bienes… matrimonio, conjunto de males.” En efecto; de alguna manera, el origen etimológico podría llevarnos a definir estas palabras como antónimos. Matrem –madre- y pater –padre- son sus raíces.

Con base en su origen latino, matrimonio sería la “calidad de madre”; visto desde las circunstancias de la cultura occidental, una mujer que ha parido solo sería “bien vista” si ha cumplido con los rituales y tradiciones que le permitan disfrutar su maternidad (madre legítima). Esto es: que el hijo haya sido concebido en el seno de una relación conyugal (unidos con un yugo).

Podríamos colegir que, entonces, el patrimonio nos lleva a pensar en la transferencia de todo aquello a lo que está obligado el varón; pues es el “macho” el responsable de surtir los recursos materiales (dinero, comida y lo que requiera esta pequeña sociedad…). Por ello, la herencia cultural (el desarrollo de las habilidades y conocimientos por los cuales se reproduce la cultura) estaría en manos de la madre. El papa provee y la mamá educa.

Entre los romanos, la unión de un hombre con una mujer no era llamada ‘matrimonio’”

Entre los romanos, la unión de un hombre con una mujer no era llamada “matrimonio”; fue mucho tiempo después cuando, con la aparición de nuevas leyes, el término empezó a ser usado para designar la unión legal (y en ocasiones religiosa) de dos personas de sexos diferentes.

Recientemente ha surgido la discusión de si la unión de personas del mismo sexo podría ser, también, un matrimonio; si nos apegamos a la etimología… ¡pues no! A menos de que fuese para poder incluir a un hijo (adoptado, procreado, inseminado artificialmente, por implantación de un óvulo fecundado, etc.) en la nueva pareja; un heredero legal, lícito…

Además; y -aclaro- en el sentido estrictamente lingüístico, calificar un matrimonio con adjetivos como “gay”, “homosexual”, “igualitario”… no denotaría el concepto que algunos buscan. Definitivamente son epítetos que no determinan el matrimonio sino a quienes desean unirse con fundamento en una nueva ley (que está en discusión). Por cierto, quiero suponer que el matrimonio “tradicional” entraña la igualdad entre los dos contrayentes; los cónyuges son iguales ante las leyes… por lo tanto, decir que esta nueva relación entre personas del mismo sexo sería un “matrimonio igualitario” denotaría a contrario sensu –dirían los que saben- que quienes nos casamos amparados por las leyes civiles no reformadas; pues aceptamos llevar una relación desigual, inequitativa, dispareja; ventajosa para uno de los cónyuges…

En conclusión, un matrimonio no es homosexual; en todo caso podría ser entre homosexuales. Un matrimonio puede ser “arreglado”, “forzoso”, “civil”, “religioso”, “a yuras”, “clandestino”, “morganático”, “rato”, “secreto”… mas nunca “gay”; y no solo por el anglicismo, sino por la relación entre el sustantivo y el adjetivo calificativo.

¡Uf! Si la sola discusión de permitir a dos personas del mismo sexo que sean ”ligados” con un solo yugo (como las parejas “tradicionales” y, también, como el par de bueyes que jalan un arado) ya encierra “un problemón”, hay que agregarle el hecho de darle un nombre a esta “nueva” fórmula. En todas las culturas, la nominación ha sido parte fundamental para el desarrollo de la lengua… pues ¡a darle, que es mole de olla!

 

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