¡Qué bárbaro!: ¿Qué nos pasa?

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Hace unos treinta años (los jóvenes dirán: “este ya se nos puso nostálgico”), el comediante Héctor Suárez realizó una serie que llevaba este nombre (“¿Qué nos pasa?”); sin duda, el propósito era “poner el dedo en la llaga” -mediante el empleo de la ironía y el humor- de cómo era la vida de los mexicanos y su relación con la burocracia. Los personajes (“El no hay”, “Doña Zoila”, “El Flanagan”, “El Destroyer”, “El ´ta difícil”…) hacían una fina y picante burla de la “mecánica nacional”.

En el arranque del 2017, esa pregunta vuelve a mi mente; la cantidad de noticias y textos escritos (en páginas de Internet, redes sociales, mensajes telefónicos…) nos obligan a buscar una explicación de todo lo que ahí aparece. Independientemente de la veracidad de cuanto ha sido publicado (que va desde un golpe de Estado hasta la guerrilla… o –incluso- convocar a la inacción para impedir algunas actividades), vale la pena revisar lo “que nos pasa”.

Tras el anuncio –en diciembre- de que habría un alza en el precio de algunos combustibles, se nos vino una avalancha de sucesos: primeramente, la “escasez” (creada o provocada) y la especulación en la venta de gasolina y diésel; luego, las protestas aisladas y las manifestaciones (con cierres de vialidades y bloqueos carreteros) para, finalmente, llegar a los saqueos y la rapiña en algunas tiendas.

¿Qué nos pasa? En algunos escritos que circularon por Internet (y que fueron replicados mediante “WhatsApp”, “Facebook”, “Twitter”…) había acusaciones directas en contra de funcionarios presuntamente responsables de la situación; también aparecieron escritos que hablaban de la “fabricación” gubernamental de los desmanes… bueno, hasta cadenas de oración por la paz en México.

En Querétaro, y en plena víspera de la llegada de los Reyes Magos, se desató una ola de desinformación; cualquier persona con acceso a las redes sociales tuvo la oportunidad de “informarse” en fuentes que se erigieron como periodistas emergentes. Nos dijeron que había balacera en un mercado, que había saqueos en un centro comercial, que el Ejército había tomado el control de las calles… en un par de horas, la mayoría de estos mensajes fue desmentida; tarde, las autoridades también salieron para dar su versión.

El colmo fue cuando algunos comunicadores, de manera irresponsable, se unieron a esta “campaña”… su intención era clarísima: “joder al funcionario”; considero que el efecto (desconcierto y miedo) no era algo que merecieran los queretanos. Si alguien quería ver hechos anómalos, con el mezquino fin de tener argumentos para echárselos en cara a los servidores públicos, hubiese sido más ético buscar en donde realmente existen transgresiones e incumplimiento (que, con certeza, los hay)… pero no se vale –al menos esa es mi convicción- causar alarma en un sector de la población que, además, tenía meses planeando cómo alimentar uno de los sueños infantiles: la llegada de Melchor, Gaspar y Baltazar.

De algo no existe duda: la molestia popular ha suscitado una insospechada ira en contra del Gobierno; la gama de respuestas ciudadanas son la causa de mi recuerdo: ¿qué nos pasa? Los chistes gráficos (“memes”… les dicen ahora) recuerdan el reconocido “ingenio del mexicano”; pero… ¿las acciones delictivas deberían existir? “Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa” (como decía el personaje interpretado por Joaquín Cosío –“El Cochiloco”- en “El Infierno”, película de Luis Estrada). ¿Existe alguna justificación para agredir comercios y realizar actos vandálicos?

Resulta obvio que las autoridades no han sabido manejar la situación generada por las políticas públicas que ellos mismos propusieron; el discurso “de justificación” del presidente, la postura del “aprendiz de canciller” o hasta el “tuit” del secretario Ruiz Esparza: “SCT revocará conforme a la Ley permisos a transportistas de carga y pasaje que participen en bloqueos de carreteras federales” son prueba de ello. Independientemente de esta realidad, no podemos (ni deberíamos) justificar las acciones que solo causan encono y dividen a la ciudadanía.

Y no se trata, que conste, de buscar el orden (la paz social, dicen algunos) a costa de cualquier precio; debemos respetar el marco legal y buscar alternativas que den resultados. Se vale protestar, es legítimo alzar la voz… no se vale –ni es deseable- que sigamos siendo “agachones” (para emplear un vocablo en desuso… sigue la nostalgia), es hora de revisar nuestra historia (la reciente y la más “viejita”), por eso evoquemos al indio de Guelatao: “…el respeto al derecho ajeno…”

Con mucha frecuencia escuchamos la expresión “un país que olvida su historia está condenado a repetirla”; esperemos que lo señalado por los libros gratuitos (aunque sea con anécdotas como la relacionada con la defensa del Castillo de Chapultepec… ¡por unos cadetes menores de edad!) nos deje lecciones de vida que, además, nos orienten a ser una nación digna; la que buscamos heredar a quienes vienen detrás.

Y no le agrego lo que podría venir con las políticas que propuso (y amenaza con ejecutar) el güero neoyorquino que en un par de semanas llegará a la Casa Blanca… porque entonces la nostalgia se convertiría en llanto. Y es que sí: “estamos para llorar”… lo que esto signifique. Pero… ¿qué nos pasa?

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